Adoración Lafuente Júdez


Nació Adoración en su casa familiar del Arial Alto el 27 de noviembre de 1905. Tercera de ocho hermanos, tuvo que compartir las tareas de la casa con los estudios. Hizo los primarios en la Escuela Pública, instalada entonces en el Ayuntamiento, y a los veinte años, cuando emigró con su familia a Barcelona, cursó los de enfermera.

En 1933 ingresó en la Orden de las Concepcionistas Misioneras y tres años después marcharía a Argentina donde estudió Magisterio y se licenció en Geografía e Historia. Allí ejerció como profesora en los colegios de Tucumán, Asunción, Córdoba y San Francisco de Córdoba.

Consagrada a los demás, dedicó su larga vida, además de la enseñanza, a obras de apostalado y caridad, siendo tan grande su vocación y su cariño por el pueblo argentino que fue voluntad suya permanecer en tan lejanas tierras hasta su último instante, entregando su alma en San Francisco de Córdoba el 4 de noviembre de 1996.

Los sesenta años de estancia de Adoración en el país de las pampas no consiguieron hacerle olvidar su patria chica que siempre tuvo un rincón en su corazón, donde guardaría las vivencias de su niñez y juventud rememoradas en sus poemas. Porque la monjica atecana, como ella se define en uno de ellos, o la galleguita, como cariñosamente la llamaba toda ciudad de San Francisco de Córdoba, escribió muchos poemas; tantos, que las Hermanas Concepcionistas Misioneras los recogerían en un extenso libro, en homenaje póstumo.

 AÑORANZA (1962)

¡Ay! Cómo quisiera ir a Ateca
y sus fiestas comtemplar,
ver mi Virgen de la Peana
majestuosa en su altar.

Subir sus cuestas de piedra
hasta la Iglesia, empinadas;
ver sus ventanas con rejas
de mil flores adornadas.

¡Ay! Cómo me gustaría
ir a la Misa Mayor
y ver lucir a las chicas,
de sus galas, lo mejor.

Iría, de punta a punta,
sus calles a pasear;
sin dejar de correr una,
hasta llegar hasta el Arial.

Allí… entraría en mi casa,
donde tanto amor dejé
y, del patio al palomar,
sus escaleras correr.

Quisiera correr mi huerta
como de niña lo hacía,
y comer junto a mi padre
las frutas que me traía.

Quisiera hablar con la gente
brindándoles mis cariño,
verme de todos querida
y rodeada de niños.

¡Ay! Quién pudiera ir a Ateca
y el Atlántico cruzar;
entraría por el Ebro
hasta el Jalón encontrar.

Y, cuando al pueblo llegara…
¡Virgencica de la Peana!
su corazón te daría
esta “monjica” atecana.

ATECA ES UN CANTO A DIOS (1964)

Es un canto melodioso,
una orquesta de armoniosa filigrana;
son sus notas naturales,
que unas manos celestiales
escribieran en extenso pentagrama.

Sus montañas y sus valles
dibujando festoneados horizontes;
donde el sol de primavera
el verdor de sus laderas
va dorando, ya, las mieses por los montes.

Sigue el canto con sus ríos
en sus aguas agitadas, saltarinas;
y en su marcha tumultuosa
va entonando rumorosa,
mil canciones entre espumas nacarinas.

En su huerta, los frutales
de polícroma belleza engalanados,
brinda al mundo la riqueza
con que la Naturaleza
a su suelo, con orgullo, ha prodigado.

Canción de sol en las eras,
donde el trigo se desgrana bajo el trillo;
aire freco del “Solano”,
el pan de Dios ya en la mano
y, en la alberca, el cantar dulce del grillo.

Septiembre: lleno de encanto,
entre clásicos de música, despiertas;
juventud fuerte y lozana,
la pura raza atecana,
te saluda con el brillo de sus fiestas.

El oscuro azul del cielo
le recorta una silueta soberana;
bella torre que, imponente,
es un canto permanente
a su Reina, Virgen Pura de la Peana.

Siendo sus mejores notas
las que lanzan las campanas en sus vuelos;
y hacen llegar sus tañidos
hasta el alma y, cual gemidos,
los devuelve hechos plegarias a los Cielos.

Este “Salmo” melodioso
que compuso sabiamente el Creador,
es un himno de alabanza,
y a los cuatro vientos lanza
que Ateca… ¡es un canto a DIOS”

FANTASIA (1967)

A ti me llego con el pensamiento,
no puedo detenerlo un sólo instante,
me dice que es tu día
(para él no hay lejanías),
que corra presurosa a saludarte.

Igual que una caricia me despierta.
¡Dulce septiembre! La emoción me invade
y una vaga inquietud,
brisa de juventud,
que, al correr de los años, es más grave.

Oigo, ¡aire marcial!, tus pasacalles,
heraldo precursor de los festejos,
y asoman por doquier
tus hijos que de fuera
han de venir, de cerca ¡o de muy lejos!

Todos me miran, me hablan, me sonríen.
Tus calles y tus plazas, ¡qué adornadas!,
ventanas y balcones,
emporio de ilusiones
de mozas ricamente engalanadas.

¡Quince abriles que se abren a la vida,
cual corolas de flor en primavera!
Con soberano porte,
la “REINA con su CORTE”
sonríen al amor por vez primera.

Ofrenda de sus gracias naturales,
un derroche de flores y alegría.
¡Oh, Virgen de la Peana!
Tus FLORES atecanas
te ofrecen su belleza y lozanía.

Flores entretejidas de virtudes,
alegrías mezcladas de emociones
que en la plegaria dulce,
entre cantos y luces,
te entregan con fervor sus corazones.

Ayer, lo mismo que hoy… y, hoy, que mañana…
¡Oh, fiestas de mi pueblo, siempre nuevas!
no perdáis ese ritmo,
ellas son simbolismo
de la noble inquietud que lo renueva.

He llegado hasta ti en el pensamiento,
no puedo determe un sólo instante.
Dejo en la poesía
toda la FANTASÍA
que imaginó mi amor por saludarte.

LOS GIGANTES DE MI PUEBLO (1972)

Extraños personajes de fábulas y de cuentos
que recobrásteis la vida en mi imaginación:
gigantes, cabezudos, Reyes Magos, princesas;
amigos de mi infancia, sueños de una ilusión.
Al pasar con los años, de mi niñez los días,
fuísteis a refugiaros a otro lugar, tal vez
a buscar de otra infancia las ilusiones mías
y alegrar, fantasiosos, como el mío, otro ser.
Todos, todos pasásteis dejándome regalos:
la ilusión, la alegría, la sonrisa, el amor,
y un cielo transparente sin nubes de tristeza,
del gusto por lo bueno, de ser siempre mejor.
Por revivir las horas que pasé tan felices
con ellos, he compuesto este cuento que es verdad.
Lo llevo en mi memoria, no tengo que inventarlo;
lo veo en mis nostalgias cuando quiero llorar.
¡Gigantes de mi pueblo…! Es el primer recuerdo
que tengo de vosotros, momentos de terror.
Tan grandes, tan austeros, tan rígidos, tan duros
vuestros cuerpos de mimbre con caras de cartón.

Al comenzar Septiembre la “Casa de la Villa”
cobraba nueva vida, todo era animación;
los porches se llenaban de curiosos chiquillos
para ver los gigantes, nuestra gran ilusión.
Un año… ¡Qué sorpresa…! y no grata por cierto:
giró sobre sus goznes la reja del portón
y, entre la chiquillada, corrí despavorida
pensando que venían en pos de mí, los dos.
Después… tejí la historia que yo compaginaba
con cuentos de mi padre, que tantos escuché.
El gigante era un moro feo, malo, perverso…
Yo le puse por nombre el de“Moro Abdel-Kader”.

Su alfanje, ¡enorme alfanje!, sujeto entre las manos,
sus dientes apretados, sus ojos de traidor;
yo me helaba de mirarlo al pasar por mi calle,
pero desde la sala, sin salir al balcón.
Salía por las calles a recorrer su pueblo;
dos veces en el año dejaba su mansión.
¿Por qué para las fiestas venía el “moro malo”
a llenar de congojas mi infantil corazón…?
En cuanto a la giganta, su mito no era el mismo:
quizá fue una cristiana que el moro cautivó,
una hermosa princesa de faz dulce y serena
de una lánguida mirada y tierno corazón.
Yo le llamé “Constanza”, lo aprendí de mi madre
en un bello romance que siempre me cantó;
y pensaba al mirarla que, al vivir junto al moro,
tendría tanto miedo, como tenía yo.
Su elegante vestido le hacía más hermosa;
cubríale la cabeza un tocado especial;
y su gran sombrero blanco, adornado de tules,
le daba el mismo aspecto de un hada sin igual.
Al terminar las fiestas a su mansión volvían
a dormir ese sueño de la inmovilidad,
a esperar otros días donde la chiquillada
volvería a los porches a verlos despertar.

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