PREGÓN DE SEMANA SANTA DE 2014


Iglesia de Santa María de Ateca. Sábado, 5 de abril, a las 20’30 h.)

Señores Presidente de la Hermandad de la Soledad, Párroco, miembros de la Junta, Regidores, esclavos y esclavas de la Virgen y asistentes en general: Buenas tardes.

Cuando hace unos días el Presidente de la Hermandad me transmitió la invitación para ser Pregonero de la Semana Santa de este año, no dudé en aceptar. Pueden creer que me sentí muy complacido y honrado por lo que supone para cualquier atecano ser el heraldo, aunque sólo sea por un día, de una congregación tan prestigiosa y venerable como es ésta que ha ocupado un largo espacio de tiempo en nuestra historia.

Les doy las gracias por la distinción y el honor que me han hecho.

Aunque se da la circunstancia de que es la única cofradía a la que no pertenezco, como amante de las tradiciones locales, le tengo un especial cariño por los recuerdos que me trae a la memoria. Además de profesarle una gran reverencia porque ha sabido mantenerse fiel durante tres siglos y medio de trayectoria a los principios de su fundación, es decir, a organizar los actos que rememoran la Pasión de Cristo, y por el fervor y respeto con que lleva a cabo este cometido, aunque con el tiempo se hayan olvidado o caído en desuso algunos de los preceptos secundarios de sus estatutos.

Ya me gustaría a mí haberme hecho merecedor de esta distinción gracias a mi participación dentro de la Cofradía como tantos y tantos otros lo han hecho siguiendo una tradición, familiar en la mayoría de los casos. Pero mi contribución no ha pasado de vestir de Nazareno en una ocasión, durante mi infancia, portando la escalera, una de las insignias de la Pasión reservadas a los más pequeños; o al principio de mi adolescencia, militando de soldado raso en la centuria (entre comillas) romana cuando, apelando a la influencia familiar, el Domingo de Ramos podía conseguir un traje en la casa del sacristán, muy a disgusto de mi madre, por cierto, que no le hacía mucha gracia coser galones dorados en aquellos viejos y descoloridos faldones y chaquetillas, ni sacarle lustre a las corazas de hojalata a base de frotarlas con “Sidol” y “Blanco de España”. Buena envidia que me daban aquellas relucientes armaduras del “capitán” o del “abanderado”, inasequibles para los ajenos porque siempre las vestían los familiares de los regidores de turno. ¡Y qué niño no envidiaba también aquellos impecables trajes infantiles de soldado que lucían los descendientes del regidor don Vicente Cristóbal, bisabuelo del actual Presidente, o los familiares del tío Perico “Lebrel”, de los Montañés o de los Calleja, propietarios de tan singulares uniformes!

Más suerte que yo tuvieron mis hermanos que durante muchos años interpretaron en el Santo Entierro las figuras de José de Arimatea y Nicodemo.

Tampoco me he destacado llevando pasos pues, tan sólo una vez, de mozalbete, la cuadrilla de amigos nos atrevimos a sacar a los Doce Apóstoles por más de que no se quedaran en la iglesia a falta de costaleros. Pronto supimos los motivos, pues aún no habíamos salido del cementerio que hubimos de ser auxiliados por otros voluntarios. Aquel desinteresado gesto que tuvimos, y la exquisita limonada con que nos obsequió después de la procesión don Bienvenido Campos (no recuerdo si era Presidente de la Hermandad o Regidor del paso) nos animó a hacernos cofrades. Sin embargo, tropezamos con obstáculos, pues al parecer hacía falta recomendación. Así de rigurosas estaban las cosas hace cincuenta y cinco años, y así las dejamos porque ya nunca más lo volvimos a intentar.

No habrán sido, pues, estos los méritos que me han traído aquí. Más bien pienso, que habrá influido en la decisión de la Junta los trabajos de investigación que he venido llevando a cabo y entre los que se encuentra el estudio de los orígenes de esta Santa Hermandad y de cuyo resultado ya di cuenta hace 20 años en el Semanario La Comarca, de Calatayud, y en posteriores publicaciones, y que hoy quiero rememorar como tema central de este pregón.

***

Personalmente pienso que en la fundación de la Hermandad de la Soledad de Ateca tuvieron mucho que ver los frailes capuchinos.

Cuando en 1624 se establecieron en nuestro pueblo, lograron el consentimiento del Capítulo Eclesiástico de Santa María, no por el afecto que los sacerdotes sintieran por los frailes menores franciscanos, si no porque habían llegado a la conclusión de que de “haber frailes en Ateca, lo mejor eran estos Padres Capuchinos” puesto que, en 1621, otros frailes de la Victoria de la Orden de Mínimos fundada por san Francisco de Paula habían intentado fundar convento y les costó tres años de pleitos el quitárselos de encima, pues se habían informado que en los pueblos donde se establecieron habían perjudicado los intereses del clero secular. De esta manera, pues, admitiendo a los capuchinos de san Francisco de Asís, evitaban “nuevos inconvenientes y novedades que se sospechaban si los Padres Mínimos de la Victoria volvían con el tiempo a inquietar a la parroquia”.

Este interés de los eclesiásticos de no tener frailes en el pueblo lo entenderemos conociendo la vida cómoda que llevaban gracias al monopolio que ejercían sobre la vida espiritual de los atecanos y, por supuesto, sobre los frutos de la parroquia. Las pingües rentas producidas por las numerosas propiedades de la Iglesia se las repartían entre los 8 ó 10 sacerdotes que había entonces gracias al privilegio de patrimonialidad concedido a la Comunidad de Calatayud y sus aldeas por el Rey Batallador. A estos beneficios, que así se les llamaba y a los curas, por ello, beneficiados, había que aumentar el producto proporcionado por aniversarios, entierros, celebraciones, distribuciones cotidianas, capellanías y, no olvidemos, los cepillos, entonces llamados cajuelas. Todo ello sin necesidad de ejercer un verdadero apostolado debido a la falta de competencia.

Los frailes, en cambio, llegarían con espíritu de conquista, deseosos de ganarse el respeto y la voluntad de los fieles. De hecho no tardaron en hacerse notar alentando la devoción hacia la imagen de la Virgen de la Peana, entonces del Rosario, sacándola de su olvido al manifestarse de forma prodigiosa a un religioso del convento muy venerado por los vecinos por su reconocida santidad. (Esto, según contó el carmelita calzado fray Roque Alberto Faci en su gran obra Mariana de 1739, puesto que en los archivos no se ha encontrado ninguna referencia del hecho).

Por otra parte, sabido es que los frailes de san Francisco, entre los siglos XVI y XVIII, impulsaron la creación de cofradías como la Vera Cruz, encargadas de organizar la Semana Santa, y, también, que en el Bajo Aragón impulsaron la devoción alCalvario yal Vía Crucis. Y así debieron hacer también en Ateca porque ambos escenarios se encuentran en el barrio de san Martín partiendo y acabando las estaciones en la iglesia de san Francisco.

Así pues, no nos podría extrañar que siguiendo esta política, fueran ellos quienes promovieranla fundación de la Hermandad, máxime si tenemos en cuenta que, como más adelante veremos, formaban parte de la comitiva que pedía limosna en especie, y que, en 1822, cuando se renovó la cofradía después del lapsus de la Guerra de la Independencia, un capuchino exclaustrado, mosén Rafael Pascual, ahora beneficiado de Santa María, tenía en su poder el libro antiguo de la cofradía, gracias al cual podemos reconstruir sus inicios.

Fueren quienes fueren los impulsores, lo cierto es que la empresa se acometió con un ímpetu inimaginable en los tiempos actuales en cuanto al desembolso económico que supuso para los primeros esclavos de la Soledad se refiere. Bien es verdad que las corrientes cristianas de la todavía España mística del siglo XVII propició que los atecanos, tanto si eran cofrades como si no lo eran, se volcaran en ayudar con sus dádivas, en especie sobretodo, a sufragar los gastos que supuso poner en marcha toda la parafernalia de la Semana Santa.

No sabemos cómo ni cuándo comenzaron las primeras diligencias para la creación de la Hermandad y la redacción de sus estatutos u ordinaciones. Lo que sí sabemos es que éstas fueron aprobadas el 13 de abril de 1660 por don Antonio Moreno, Canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Tarazona y Visitador General de Calatayud y su Arcedianato, ya que la silla episcopal estaba vacante por fallecimiento del Obispo don Pedro Manero.

Logrado esto, el segundo paso fue preparar la procesión de Viernes Santo y el auto sacramental del Santo Entierro. Como es natural, lo primordial fue encargar una imagen de la titular, la Virgen de la Soledad, a los hermanos Lobera, de Calatayud; el Cristo Yacente al escultor Bernardino Vililla, también de Calatayud; y el féretro al carpintero y mazonero de Ateca Martín de La Almunia (el mismo carpintero que había contratado diez años antes el retablo mayor). También fue preciso encargar o comprar algunas imágenes de personajes del Nuevo Testamento y lienzos con escenas de la Pasión, amén de pendones, estandartes, insignias, trajes de personajes, vestidos de ángeles, armaduras, instrumentos musicales, cruces, cálices, hachas, túnicas y gramallas.

Todo esto supuso un cuantioso dispendio. Sólo el Cristo y la cuna costaron más de 2.500 sueldos jaqueses; los estandartes y los lienzos con escenas de la Pasión, a la vista de lo que costaron algunos, los podemos computar a razón de 100 sueldos por unidad; y el valor de las armaduras ascendía a otros 2.000 sueldos, puesto que eran armaduras auténticas. Si a esto añadimos el valor del resto de las piezas anteriormente citadas, podemos estar seguros que el gasto no bajaría de los 10.000 sueldos jaqueses. Para hacernos una idea, el jornal de un peón oscilaba entre los 2 y 3 sueldos, es decir los 10.000 sueldos equivalían a unos 4.000 jornales. Hoy, el valor de esos 4.000 jornales supondrían unos 200.000 euros, sólo asumibles con ayudas de la Administración.

Pero entonces no se estilaba ese procedimiento. Ni siquiera el Concejo local les podía ayudar, puesto que los ingresos que le correspondían del cuarto del diezmo y primicia estaban destinados para obras de fábrica de la iglesia y otras atenciones, como el retablo mayor en cuya construcción acababa de invertir más de 120.000 sueldos jaqueses. Por otra parte, las rentas que obtenía del arrendamiento de los propios del lugar se invertían en gastos ordinarios del Concejo y, el sobrante, en mejoras estructurales del pueblo. Como mucho, pudo colaborar con alguna limosna y, ni siquiera tenemos constancia de ello.

Así pues, la Hermandad tuvo que financiarse por sus propios medios. Para ello recurrió, además de a la cuota de ingreso (36 sueldos para los hombres y 18 para las mujeres), a mendigar entre el vecindario limosnas en metálico y en especie.

La primera modalidad, o en metálico, la hacían todos los domingos del año. Un grupo mixto formado por clérigos de la parroquia y esclavos de la Soledad recorrían el pueblo, platillo en mano, implorando de puerta en puerta un maravedí, pues con toda certeza que recogían más monedas de cobre que reales de plata o doblones de oro.

También postulaban el día de Viernes Santo, tanto en la iglesia como en la procesión, costumbre que perdura en el día de hoy con la variante de hacer la postulación de la procesión en el Pregón de la mañana.

La segunda modalidad, es decir, en especie, eran las allegas del pan y del vino. Dos veces al año, en verano y en invierno, coincidiendo con la recolección del cereal o la saca de los lagares, una representación de la cofradía acompañada de un fraile del convento y encabezada por un estandarte o tabla en el que estaba representada la Virgen de la Soledad, recorría las eras provistos de alforjas, o los lagares provistos de botos, según la época, recogiendo el grano o el vino que los abnegados agricultores tenían a bien concederles.

Esta costumbre se perdió, pero los que peinamos canas, todavía recordamos a aquél fornido frailede no sé que ciudad que, con un boto a las espaldas, recorría las prensas del lugar pidiendo una contribución para el sostenimiento de su comunidad.

A estas formas de financiación se irían añadiendo otras según se presentaban las necesidades: unas, digamos que ordinarias, como el alquiler de los lutos y hachas para los entierros de aquellos que no eran hermanos y que lo solicitaban los familiares, y otras, extraordinarias, como las derramas de una carga de uvas, o su valor, o la construcción de una nevera a expensas de los esclavos para el almacenamiento y conservación de la nieve y su posterior venta.

Está claro que en un año no obtendrían los fondos apetecidos, pero sí los suficientes para que en 1661 saliera la primera procesión del Santo Entierro con el decoro que le correspondía a la población de más habitantes de la Comunidad de aldeas de Calatayud, elevada, hacía poco, por Felipe IV, a la categoría de villazgo y autorizada a usar en su blasón las armas de Aragón.

***

La procesión la encabezada un guión portando el pendón con el emblema de la Soledad.

A continuación iban los estandartes de las Doce Tribus. En primer lugar iban las de Judá, Rubén, Gad, Aser y Neftalí. Detrás del estandarte de Neftalí iban dos individuos vestidos de luto con tambor y pífano (flautín de tono agudo). Les seguía la tribu de Manasés y, a continuación, La Muerte. Tras La Muerte iban el resto de tribus: Simeón, Leví, Isacar, Zabulón y José. Otro tambor de luto precedía a la de Benjamín que cerraba el grupo.

Como vemos, La Muerte ya salió en la primera procesión, y no creo que tuviera más carnes que tiene ahora, pues de muy antiguo viene el conocido dicho con el que se obsequia por los pueblos vecinos a los que no andan muy sobrados de michelines: ¡Estás más seco que la muerte de Ateca”.

Detrás de la Doce Tribus iban cuatro hombres vestidos con gramallas negras portando lienzos en los que estaban pintados indígenas de las cuatro partes del Mundo representando la universalidad de la Iglesia: Asia, África, América y Europa, los cuatro continentes entonces conocidos puesto que Oceanía estaba en pleno descubrimiento y exploración.

A continuación iban dos adultos vestidos de ángeles, con indumentaria morada y con cabelleras negras, portando unos lienzos en los que estaban pintadas las escenas del Lavatorio y de la Última Cena.

Seguidos a éstos marchaban nada menos que diecisiete ángeles, esta vez niños, portando cada uno de ellos una salvilla o bandeja con las insignias de la Pasión. A saber: las Treinta Monedas que recibió Judas por su traición, los Dados con que los soldados se jugaron las prendas de Jesús, la Soga que a Jesús pusieron al cuello, la Túnica Morada, la espada de la Justicia, la Cuchilla y la Oreja recordando el episodio protagonizado por Pedro en el Huerto de los Olivos, la Mano de la Bofetada recordando la bofetada que dieron a Jesús en casa de Anás, la Columna y el Gallo por las negaciones de Pedro, los Azotes con los que fue flagelado, la Corona de Espinas, el Martillo con el que lo clavaron en la cruz, la Escalera del descendimiento, la Esponja con la que le dieron vinagre y hiel, la Lanza con la que atravesaron su costado, el Título de la Cruz o INRI, la Verónica y el Pichel o vaso de la consagración de la última cena.

Les seguía a éstos otro ángel con una palma en la mano que se le conocía como La Voz. No sé decir si se refería a la voz de la conciencia o a la voz del Todopoderoso que habló y dirigió al pueblo elegido, o aquella voz que tras el bautismo de Jesús en el Jordán salió del cielo y dijo: “Este es mi hijo amado, en quien tengo mi complacencia”.

A continuación de La Voz iba la Cruz del Sudario y, junto a ella, tres ángeles con tres cálices.
Ocho estandartes seguían a la Cruz del Sudario. Los cuatro primeros llevaban pintados a los cuatro Evangelistas, y los otros cuatro a los siguientes pasos: la Oración del Huerto, la Columna, la Cruz a Cuestas y el Cristo en la Cruz.

Iban detrás dos pendones de tafetán (tela de seda, fina y tupida), y dos Reyes de Armas (funcionarios encargados del correcto uso de los blasones y especie de notarios reales que observaban las gestas, proponían premios e intervenían en los acuerdos entre las partes beligerantes). Iban de luto, con coronas de espinas, cetros en las manos y escudos de la Pasión.

A continuación iba un Guión entre dos Maestres de Campo (militares de rango inferior al Capitán General y superior al de Sargento Mayor que mandaban un Tercio), todos armados de punta en blanco, es decir, con armadura completa. Seguían al Guión un lienzo con los Resucitados, otro con la Resurrección de Jesús y un tercero con el Sol y la Luna.

Siguiendo a estos lienzos iba el Féretro o Cuna con el Cristo Yacente rodeado de doce ángeles con velas encendidas.

Detrás del Féretro iban los sacerdotes, la música (entiéndase capilla o coro) y las imágenes de la Magdalena, San Juan, la Virgen y San Pedro.

Y, por último, cerrando la comitiva, iban los Jurados (lo que hoy sería el Ayuntamiento) y el Preboste (figura sustituida por el Presidente de la Hermandad), todos cubiertos con gramallas y capuces negros.

***

Así fue la primera procesión de Viernes Santo hace 353 años, organizada por una Cofradía incipiente, orgullosa del fruto obtenido por el esfuerzo de todo un año, y entre cuyos miembros llegaría a contar con prohombres, tanto de la Iglesia como de la nobleza, como fueron los Obispos de Tarazona don Diego Escolano y Ledesma, como Prior Perpetuo, y don Bernardo Mateo Sánchez del Castellar como hermano; el duque de Abenzo, también hermano desde un principio, y el duque de Jubenancio, desde 1682; el décimo conde de Sástago don Cristóbal Fernández de Córdoba y Bazán, y su hermano don Gaspar, desde 1696; y los infanzones naturales del pueblo don Alonso de Aniñón y Liñán, Familiar del Santo Oficio de la Inquisición, Preboste en el primer año de la Hermandad; don Juan Pedro de Ciria y Beteta Catalán, Caballero de los Hábitos de Santiago y Calatrava, que le sucedió en el cargo; o el Regidor don Miguel de Ciria, Caballero del Hábito de San Juan.

Hoy no tiene la Cofradía hermanos de tan alta alcurnia, pero con el tesón y buen hacer de sus regidores, respaldado por esa juventud participativa que viene detrás, su futuro está asegurado por muchos años, siglos tal vez.

Muchas gracias.

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