DON ÁNGEL GOTOR CALMARZA


Publicado en el Semanario La Comarca el 23/1/2015

Ángel Gotor Calmarza (Campillo de Aragón, 1914-Calatayud, 1999) fue el sexto de siete hermanos. De muy niño marchó con su familia a Madrid que emigró en busca de mejores horizontes. Allí realizó sus estudios primarios en el colegio de los Hermanos de la Salle y más tarde, en 1927, ingresó en el Seminario Conciliar de Santo Domingo Guzmán de Osma (Soria), donde destacó por sus buenas calificaciones. Abandonado el Seminario comenzó Derecho, viendo truncados sus estudios por el servicio militar y, poco después, por la guerra civil española. Participó en la contienda desde el cuerpo sanitario del ejército, y se licenció como Alférez Provisional del Arma de Infantería.

 

Acabada la guerra preparó oposiciones al Servicio Nacional del Trigo, órgano dependiente del Ministerio de Agricultura, obteniendo varios destinos hasta que recaló en Cetina (allí conocería a su futura esposa) y, más tarde, en Nuévalos y Ateca, donde permaneció doce años.

 

Ángel Gotor, de versificación fácil ya desde la edad escolar, fue un poeta nato que colaboró en periódicos locales y certámenes poéticos obteniendo algunos premios.

 

Aunque cultivó los más variados géneros de la poesía (romances, espinelas, endechas…), fue el soneto la composición poética que más le satisfizo. Un soneto compuso a la muerte del poeta andaluz Juan Antonio Ramírez, en 1981, teniendo la satisfacción de recibir la propuesta de la Sociedad Literaria El Baratillo de entrar a formar parte de la misma; y un soneto fue, también, la poesía que dedicó a San Juan Lorenzo de Cetina a invitación de Joaquín Ibáñez Lacruz, para el libro que estaba escribiendo con ocasión del VI Centenario del martirio del Santo, patrón de la villa.

 

Durante su estancia en Ateca colaboró en el programa de fiestas de la Patrona Nuestra Señora de la Peana con varías poesías, de la que transcribimos la titulada Como mi Virgen… ¡No hay nada!, publicada en el programa de 1951:

 

¡Huerta de Ateca, vergel / de visión paradisíaca!

 

Una tarde de septiembre / los hilos del agua clara / iban tejiendo canciones / con voces de espuma blanca. / El aire robaba esencias / a las flores perfumadas / y, en las frondas de los árboles, / el color de la esperanza. / Allá en los montes vecinos / la vid a la tierra abraza.

 

¡Huerta de Ateca, vergel / de visión paradisíaca!

 

A las orillas del río / la villa está reclinada, / por gala partida en dos / y unida, en una, por gala. / Por gala del sentimiento / religioso, que se escapa / esta tarde de septiembre / de cada pecho y cada alma.

 

Sobre la ancha geografía / de la bella y amplia plaza / hay un templete en el centro: / LA VIRGEN DE LA PEANA / desde su trono de luces / y flores policromadas / mira y bendice amorosa / a su villa bienamada, / que con locura de amor / canta y reza…, reza y canta.

 

Luego rasgarán la noche / tranquila, quieta y callada / las ansias de Ateca entera, / hecha toda ella plegaria: / Protégenos siempre, Madre, / ¡oh, VIRGEN DE LA PEANA! / Que en ATECA y en el mundo / como mi VIRGEN… ¡NO HAY NADA!

 

(FUENTE: BLASCO SÁNCHEZ, Jesús. Antología poética. Sin editar. Compilación de las mejores poesías publicadas en los programas de fiestas de la Virgen de la Peana de Ateca durante la segunda mitad del siglo XX).

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