SOR ADORACIÓN LAFUENTE JÚDEZ


Publicado en el Semanario La Comarca el 27/2/2015

Nació Adoración en su casa familiar del Arial Alto el 27 de noviembre de 1905. Tercera de ocho hermanos, tuvo que compartir las tareas de la casa con los estudios. Hizo los primarios en la Escuela Pública, instalada entonces en el Ayuntamiento, y a los veinte años, cuando emigró con su familia a Barcelona, cursó los de enfermera.

En 1933 ingresó en la Orden de las Concepcionistas Misioneras  y tres años después marcharía a Argentina donde estudió Magisterio y se licenció en Geografía e Historia. Allí ejerció como profesora en los colegios de Tucumán, Asunción, Córdoba y San Francisco de Córdoba.

Consagrada a los demás, dedicó su larga vida, además de la enseñanza, a obras de apostatado y caridad, siendo tan grande su vocación y su cariño por el pueblo argentino que fue voluntad suya permanecer en tan lejanas tierras hasta su último instante, entregando su alma a Dios en San Francisco de Córdoba el 4 de noviembre de 1996.

Los sesenta años de estancia de Adoración en el país de las pampas no consiguieron hacerle olvidar su patria chica que siempre tuvo un rincón en su corazón, donde guardaría las  vivencias de su niñez y juventud rememoradas en sus poemas. Porque la monjica atecana, como ella se define en uno de ellos, o la galleguita, como cariñosamente la llamaba toda ciudad de San Francisco de Córdoba, escribió muchos poemas; tantos, que las Hermanas Concepcionistas Misioneras los recogerían en un extenso libro, en  homenaje póstumo.

Colaboró en el programa de fiestas de Nuestra Señora de la Peana durante varios años.

En 1962 publicó este poema titulado Añoranza:

¡Ay! Cómo quisiera ir a Ateca / y sus fiestas contemplar, / ver mi Virgen de la Peana / majestuosa en su altar.

 Subir sus cuestas de piedra / hasta la Iglesia, empinadas; / ver sus ventanas con rejas / de mil flores adornadas

¡Ay! Cómo me gustaría / ir a la Misa Mayor / y ver lucir a las chicas, / de sus galas, lo mejor.

Iría, de punta a punta, / sus calles a pasear; / sin dejar de correr una, / hasta llegar hasta el Arial.

 Allí… entraría en mi casa, / donde tanto amor dejé / y, del patio al palomar, / sus escaleras correr.

Quisiera correr mi huerta / como de niña lo hacía, / y comer junto a mi padre / las frutas que me traía.

Quisiera hablar con la gente / brindándoles mis cariño, / verme de todos querida / y rodeada de niños.

¡Ay! Quién pudiera ir a Ateca / y el Atlántico cruzar;  / entraría por el Ebro / hasta el Jalón encontrar.

 Y, cuando al pueblo llegara…  / /¡Virgencica de la Peana! / su corazón te daría / esta “monjica” atecana.

 

(FUENTE: BLASCO SÁNCHEZ, Jesús. Antología poética. Sin editar. Compilación de las mejores poesías publicadas en los programas de fiestas de la Virgen de la Peana de Ateca durante la segunda mitad del siglo XX).

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